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¿Quiénes son los Rohingya? La crisis detrás del campo de refugiados más grande del mundo

OGA Insights es el espacio donde damos contexto a causas que necesitan atención sostenida, incluso después de haber desaparecido de los titulares. La crisis rohingya es una de ellas. Puede que nunca hayas oído hablar de este pueblo, y no pasa nada. Gran parte del mundo tampoco lo ha hecho, y esa falta de visibilidad es parte de la razón por la que OGA existe.

Quiénes son los rohingya

Los rohingya son una minoría étnica musulmana que vivió durante generaciones en el estado de Rakhine, en el oeste de Myanmar. A pesar de esa larga presencia en la región, el gobierno de Myanmar nunca los ha reconocido como ciudadanos. En la práctica, eso ha convertido a los rohingya en la mayor población apátrida del mundo: personas sin nacionalidad reconocida en ningún lugar, sin acceso a las protecciones básicas que garantiza la ciudadanía, como sanidad, educación formal, libertad de movimiento e identidad legal. La apatridia no es un tecnicismo. Significa vivir sin un país dispuesto a llamarte suyo. Puedes leer más contexto en la página de UNICEF sobre la crisis rohingya.

2017: el punto de quiebre

En agosto de 2017, una ola de violencia militar contra los rohingya en el estado de Rakhine obligó a más de un millón de personas a cruzar la frontera hacia Bangladesh. Se quemaron aldeas, se separaron familias y miles de personas fueron asesinadas. La ONU ha calificado desde entonces lo ocurrido como genocidio.

Nueve años después, cerca de 1,1 millones de refugiados rohingya siguen viviendo en Cox’s Bazar, hoy el mayor asentamiento de refugiados del mundo, según ACNUR. Más de la mitad son menores. Un número creciente nació dentro de los campos y nunca ha conocido otro lugar. Para ellos, la apatridia no es un episodio del pasado. Es la única realidad que han conocid

Una crisis que no terminó, simplemente se prolongó

Sin permiso para trabajar legalmente en Bangladesh, los refugiados rohingya dependen casi por completo de la ayuda humanitaria, y esa ayuda no deja de reducirse. Según una investigación reciente de NPR, los recortes han rebajado el valor de las raciones de alimentos a poco más de siete dólares por persona al mes, bajo un nuevo sistema escalonado, en un momento en que la desnutrición infantil crónica en los campos ya era motivo de seria preocupación.

Las consecuencias recaen con más fuerza sobre los jóvenes. Un informe del International Rescue Committee encontró que alrededor de medio millón de refugiados de entre 18 y 24 años en Cox’s Bazar no tienen acceso a empleo formal ni a educación reconocida. Solo el 2% de los padres rohingya encuestados dijo sentirse esperanzado respecto al futuro de sus hijos, frente al 84% de la comunidad de acogida vecina, que vive en condiciones muy distintas. Más de 235.000 menores de entre 5 y 17 años están actualmente sin escolarizar.

La seguridad física tampoco mejora. Los incendios siguen destruyendo los campos densamente poblados, el más reciente en enero de 2026, cuando un fuego en el Campo 16 desplazó a cientos de familias, según World Vision. Y la repatriación a Myanmar, planteada durante años como la solución definitiva, sigue siendo distante e insegura, sin señales claras de las condiciones que harían posible un retorno seguro.

Más allá de las cifras

Sería fácil reducir a los rohingya a una lista de pérdidas. Pero eso solo contaría la mitad de la historia. Detrás de los datos hay comunidades organizándose activamente: educadores que crean escuelas informales dentro de los campos porque las formales no son accesibles, mujeres que lideran redes de protección y apoyo para supervivientes de violencia de género, y jóvenes que buscan aprender idiomas y oficios para construir algún tipo de futuro, incluso sin el derecho legal a trabajar.

La apatridia no es ausencia de identidad. Es la negación de un derecho que ya debería estar garantizado. Entender esa diferencia importa, porque determina cómo responde el resto del mundo: con caridad que trata a las personas como receptoras pasivas, o con solidaridad que reconoce su capacidad de acción y apoya los caminos que ya están construyendo.

Por qué esto cruza el camino del trabajo de OGA

En el cohort actual de Language for Justice, iniciativa de formación de intérpretes / justicia social de OGA, contamos con participantes rohingya que están aprendiendo interpretación y traducción para poder trabajar en espacios donde sus propias voces, y las de su comunidad, sean escuchadas en sus propios términos. No como beneficiarias de un proyecto, sino como profesionales que construyen un camino, preparadas para defender, traducir y representar a su comunidad en espacios de los que históricamente fueron excluidas.

Esto es lo que significa la equidad narrativa en la práctica. No se trata de contar la historia de alguien en su lugar. Se trata de garantizar que existan las herramientas, la formación y el acceso para que esas personas puedan contar su propia historia, y ser escuchadas.

Amplificar no es hablar por otras personas. Es abrir espacio, ofrecer herramientas, y hacerse a un lado cuando la propia comunidad ya sabe lo que necesita decir. Nueve años después del inicio de esta crisis, ese trabajo está lejos de terminar, y el nuestro también.

Fuentes: ACNUR, UNICEF, IRC, World Vision, End Rohingya Repression, NPR (agosto de 2026)

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