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Dignidad contra especulación: cuando la vivienda se convierte en inversión y nos deja fuera del derecho a un techo


La vivienda es un derecho humano, un pilar de dignidad. Sin embargo, cada vez más, el mercado inmobiliario opera como una máquina de especulación que deja atrás a quienes solo quieren un lugar donde vivir, levantarse cada mañana y sentir que pertenecen.

1. La tormenta perfecta: especulación + mercado global

En España, la presión está creciendo: los precios de venta aumentaron cerca de un 9 % en un año, y el alquiler sigue disparado, tal como se detalla en guías para compradores como How to Buy in Spain.

Las viviendas para alquilar se vuelven más escasas, mientras que el negocio para propietarios-inversores crece. Cuando la vivienda se trata como activo financiero —una casa más para alquilar al precio más alto posible en vez de un hogar—, quienes tienen menos recursos quedan subordinados a la lógica del beneficio.

2. ¿Y los que ya estaban en la línea de frente?

Quienes migran, huyen de zonas de guerra o buscan un nuevo comienzo en otro país se encuentran con un doble muro:

  • dificultades administrativas, racismo y discriminación que ya complican su llegada,
  • sumadas a precios imposibles de alquiler o compra, donde muchos propietarios piden más de lo que pagan por su hipoteca, viviendo literalmente de las rentas de otros.

En ciudades como Barcelona, Valencia o Madrid, el promedio del alquiler supera lo que un trabajador puede pagar. Esto excluye especialmente a familias migrantes o desplazadas, que terminan en alojamientos precarios, temporales o directamente sin hogar.

3. El papel del Estado y el “no hacer suficiente”

Las políticas públicas siguen lejos de hacer justicia. España tiene uno de los porcentajes más bajos de vivienda social de toda la UE.

Cuando no se limita la conversión de viviendas en alojamientos turísticos o no se frena la compra masiva por fondos de inversión, la especulación se multiplica. Es injusto que quienes alquilan terminen financiando la hipoteca de un propietario que además ve la vivienda como inversión.

4. Irene Montero y la voz política que incomoda

La eurodiputada Irene Montero ha denunciado que “en España lo que va como un cohetees el precio de la vivienda”, reclamando intervención directa, congelación de alquileres y límites reales a grandes tenedores.

Ha acusado al Gobierno de beneficiar a los especuladores con una ley de vivienda sin dientes reales. Y aunque sus declaraciones incomodan, expresan una verdad evidente: mientras la vivienda siga tratándose como producto de mercado, el derecho a un techo seguirá subordinado al capital.

5. Un patrón global: el norte rico, las mayorías excluidas

Lo que pasa en España no es una excepción. Es un reflejo global.

En la Unión Europea, 1 de cada 5 migrantes gasta más del 40 % de su ingreso en vivienda —el doble que la población local.

En Portugal, personas migrantes viven incluso en tiendas de campaña por la falta de vivienda accesible.

En los Países Bajos, los trabajadores migrantes pagan precios abusivos por viviendas precarias, mientras los gobiernos culpan a la migración en vez de a la especulación.

Este patrón muestra cómo el norte global continúa excluyendo a quienes vienen del Sur o pertenecen a comunidades BIPOC: migrantes, refugiados, personas desplazadas, racializadas. El acceso a vivienda digna se convierte en privilegio de clase y de pasaporte. Y las ciudades, en lugar de ser espacios de refugio, se transforman en zonas de exclusión donde la vida se mide por la capacidad de pagar.

6. Cómo decolonizar la vivienda

Decolonizar la vivienda significa devolverle su sentido de pertenencia, comunidad y derecho.

Algunas vías posibles:

  • Limitar la especulación:topes reales a alquileres y a la cantidad de viviendas que puede tener un solo inversor.
  • Fomentar vivienda cooperativa y social, con participación directa de quienes la habitan.
  • Reforzar los derechos de inquilinos, garantizando estabilidad, contratos dignos y precios justos.
  • Incluir a las personas migrantes y racializadas en la planificación urbana, no solo como “beneficiarias”, sino como protagonistas del cambio.
  • Priorizar el derecho a la vida sobre el valor de mercado.

La vivienda no puede seguir siendo un campo de batalla entre quienes especulan y quienes solo quieren vivir. El derecho a un hogar digno debe ser innegociable, especialmente para quienes ya enfrentan desplazamiento, racismo y exclusión. Decolonizar el mercado inmobiliario es empezar a imaginar una economía del cuidado y de la comunidad — una donde vivir no sea un lujo, sino un acto de justicia.

Fuentes y lecturas recomendadas:

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