Cuando Gema Soto dejó su hogar en el estado de Bolívar, Venezuela, llevaba más que unas pocas pertenencias — llevaba el peso de una vida que parecía segura. Su hija mayor acababa de graduarse como periodista en Caracas, la segunda estudiaba Derecho y la más pequeña aún estaba en la escuela. Junto a su esposo, un artesano, y su trabajo en turismo, eran una familia con sueños, rutina y raíces.
Pero a medida que la situación política, económica y social de Venezuela empeoraba, sobrevivir se volvió un desafío diario. “El salario de un mes solo alcanzaba para comprar un cartón de huevos”, recuerda Gema. “Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que no podíamos quedarnos.”
Comenzaron a cruzar a Brasil para vender artesanías en ferias, hasta que un día les dijeron que no podrían seguir entrando como turistas. Declararse refugiados fue la única opción. “Fue doloroso”, dice ella, “como admitir que todo lo que habíamos construido había terminado.”
Una Segunda Oportunidad en São Paulo
Tras meses de separación, Gema y su esposo lograron reunir a sus tres hijos en Brasil, uno por uno. Cuando su hijo recibió una oferta de trabajo en São Paulo, la familia lo siguió — sin saber lo que les esperaba.
“São Paulo se sentía como otro país”, dice ella. “Incluso la manera de hablar y comportarse era diferente.” Las artesanías ya no les daban sustento, y el primer trabajo de Gema fue de limpieza. Pero cuando su jefa le dijo que los dos primeros meses de salario serían retenidos, la supervivencia se volvió desesperada.
Durante ese tiempo, su esposo e hijo comían en Bom Prato, un comedor comunitario donde una comida completa cuesta un real. Guardaban frutas y pan en los bolsillos — y eso era toda la comida de Gema durante dos meses.
El Café que Cambió Todo
Un día, exhausta y hambrienta, se sentó en el centro de la ciudad y comenzó a llorar. “Había hecho todo lo que la sociedad me decía — estudiar, trabajar, criar a mis hijos, ser buena persona — y aún así estaba ahí, sin nada.”
Un hombre en situación de calle se acercó y le ofreció un café. Se sentó a su lado y comenzó a contar historias sobre São Paulo — cómo pasaban carros de bueyes por allí, cómo la ciudad creció. Luego dijo: “¿Sabes por qué vivo en la calle? Porque no pude lidiar con el dolor de perder a mi hijo.”
En ese momento, Gema sintió vergüenza — y gratitud. “Yo tenía a mis hijos conmigo. Me di cuenta de que tenía una segunda oportunidad, algo que él nunca tendría.”
Esa experiencia cambió su vida. “Decidí que haría algo para confortar a las personas, algo que las abrazara — como aquel café que me dio.”
Aprendizaje, Sanación y Propósito
Gema comenzó a estudiar. Tomó todos los cursos posibles — portugués, emprendimiento, gastronomía. Eventualmente, participó en el programa Aventura de Construir, un curso de un año y medio que se convirtió, según ella, en “un proceso de sanación del alma.”
“Allí aprendimos a cuidarnos — a entender quiénes éramos como migrantes y cómo reconstruir nuestras vidas. Elegí emprender porque un salario no era suficiente — aún tenía familia en Venezuela que dependía de mí.”
También se capacitó en el proyecto Gastronomía Periférica, creado por el Chef Edson Leite y la psicóloga Adélia Rodrigues, que empodera a mujeres negras de los suburbios de São Paulo. “Históricamente, las mujeres negras siempre estuvieron en las cocinas — pero nunca por ellas mismas”, reflexiona Gema.
Cocinando con Propósito
Su experiencia la llevó a una filosofía más profunda de la comida. “Quería saber de dónde venían los ingredientes — quién los plantaba, quién los cosechaba. Aprendí sobre agricultura familiar, sostenibilidad y la diferencia entre alimentos cultivados con cuidado y productos industriales.”
Decidió que su trabajo estaría enfocado en cuidar. “Quería cocinar para personas con alergias o intolerancias — para quienes muchas veces no pueden comer lo que aman. Usar los ingredientes de manera integral y hacer que el negocio sea sostenible para todos: agricultores, clientes y el planeta. Un círculo de amor, un círculo de sostenibilidad.”
Chevere Restaurante & Servido 12
Esa visión se convirtió en Chevere Restaurante, y luego se expandió a Servido 12. Inicialmente, Gema ofrecía cinco platos diarios, pero luego ajustó a dos — uno vegetariano y otro con proteína animal.
Luego, una clienta le contó que nunca celebraba su cumpleaños porque no podía comer pastel debido a la intolerancia al gluten y la lactosa. “Me rompió el corazón”, recuerda Gema. “Entonces hice un pastel para ella — pastel de batata dulce con almendras, sin harina, sin lácteos. Estaba inmensamente feliz — y así nació nuestro primer pastel.”
Hoy, Gema ofrece 11 recetas originales de pasteles sin gluten y sin lactosa, además de catering para eventos corporativos y ferias gastronómicas.
“Todos aman la propuesta — porque es difícil encontrar postres que no hagan daño. Aquí, la gente come con placer y sin culpa.”
Un Círculo de Nutrición
Para Gema Soto, la comida es más que sustento — es sanación, dignidad y conexión. Desde un café compartido por un extraño en la calle hasta los pasteles que permiten celebrar la vida de nuevo, su camino encarna resiliencia y amor en cada bocado.
Sigue su trabajo en Instagram: @chevere_restaurante








